El Día de San Valentín o enamorados suele ser una de las jornadas más esperadas por los comerciantes de flores en Estados Unidos. Pero esta vez, se sienten acorralados por el miedo ante los operativos migratorios impulsados por la administración del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Cada 14 de febrero, miles de familias latinas encuentran en esta fecha una oportunidad para equilibrar sus cuentas y sostener negocios que han levantado con años de esfuerzo.
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Sin embargo, en Los Ángeles, esta temporada llega marcada por la incertidumbre. La inflación que golpea al país y los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) han creado un clima de miedo que amenaza directamente la estabilidad de estos pequeños emprendimientos.
Ana Jiménez, dueña de un puesto en el histórico Mercado de las Flores, no pudo contener las lágrimas al describir la situación actual durante una entrevista concedida a CNN.
Su familia lleva una década dedicada a este oficio, pero asegura que nunca habían vivido un escenario tan dramático.
Las ventas han caído y, aunque San Valentín suele ser su salvavidas anual, este año no esperan alcanzar las cifras de temporadas anteriores. “El miedo se siente en el ambiente”, insistió, refiriéndose a los operativos migratorios que han sembrado temor entre trabajadores y clientes.
NO ES EL ÚNICO PROBLEMA
La inflación otra dificultad u obstáculo para obtener buenas ventas. Los costos de importación, transporte y almacenamiento de flores han aumentado significativamente, obligando a los comerciantes a subir precios que muchos clientes ya no pueden pagar.
Para familias como la de Ana, el dilema es cruel: si mantienen los precios bajos, pierden dinero; si los suben, pierden compradores.
En ambos casos, el negocio se tambalea. “Lo que más nos roba el sueño es el de cómo vamos a sobrevivir”, confesó.
Incluso, la presión económica y emocional ha llevado a la familia Jiménez a contemplar decisiones impensables hace unos años.
Entre sus conversaciones más difíciles aparece una posibilidad dolorosa, y es la de cerrar el negocio. “A veces pensamos en cerrar. Irnos a trabajar en lo que sea para sobrevivir”, admitió Ana, con la voz quebrada y lágrimas.
Para ellos, este negocio no es solo una fuente de ingresos, sino un sueño familiar construido con sacrificio, madrugadas de trabajo y la esperanza de un futuro mejor.
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