La historia de Ayanna Ruiz refleja el dilema silencioso que viven miles de migrantes, entre ellos venezolanos en el sur de la Florida: trabajar, estudiar y esforzarse sin descanso, pero aun así sentir que el sueño americano se les escurre entre los dedos cada noche.
De acuerdo con lo reseñado por El Nuevo Herald, desde que tuvo que abandonar su apartamento en Doral y mudarse a un espacio más pequeño en West End, Ruiz vive midiendo cada gasto y decisión.
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Su meta es llegar a Orlando, donde espera que el alquiler sea menos asfixiante y su salario pueda rendir un poco más. Mientras tanto, su realidad diaria se resume en una frase que repite con cansancio: “No hay margen de maniobra”.
La joven combina un posgrado en marketing en la Universidad Internacional de Florida, con un trabajo a tiempo completo como coordinadora de redes sociales en la Universidad de Miami.
Gana 22 dólares por hora, pero entre facturas, comida y gasolina, siente que su sueldo desaparece antes de llegar a fin de mes.
“Había considerado irme a Tennessee a principios de año cuando buscaba una nueva casa”, dijo Ruiz. “Por el lugar donde vivo ahora, pagaría mucho menos de lo que pago aquí”, señaló.
Su situación no es aislada. Un informe de Zumper ubica a Miami como el sexto mercado de alquiler más caro del país, con un promedio de 2.550 dólares por un apartamento de una habitación. Para muchos migrantes, incluso con estudios y empleos formales, la ecuación simplemente no cierra.

¿POR QUÉ TAN CAROS LOS ALQUILERES?
El fenómeno tiene raíces profundas. Según analistas económicos, la llegada masiva de residentes de estados como Nueva York y California, atraídos por el clima y la posibilidad de trabajar a distancia, disparó la demanda de vivienda tras la pandemia.
Ese flujo de nuevos compradores y arrendatarios elevó los precios a niveles que los residentes locales —especialmente los migrantes latinoamericanos— no pueden seguir.
“El sur de la Florida está en el ojo del huracán de la inflación”, advierte el economista Mark Hamrick.
OTRA VENEZOLANA BAJO PRESIÓN
Fabiola Balza, venezolana y trabajadora del sector inmobiliario, vive esa presión desde otro ángulo.
Reside en Weston, trabaja en Pompano Beach y ha visto cómo el alquiler de su casa sube un 20 % cada año. Aunque ha considerado mudarse, los costos de traslado y la poca diferencia en los precios la hacen dudar.
Para sostener a su familia, ha tenido que recortar gastos esenciales y cambiar hábitos cotidianos: menos salidas, menos entretenimiento, compras más estratégicas y hasta lavar el carro con menos frecuencia.
Su vida, como la de tantos otros, se ha convertido en un ejercicio permanente de supervivencia financiera.
La crisis no solo afecta el bolsillo. También erosiona la salud mental de quienes intentan mantenerse a flote.
Noland Creary, estudiante de teatro en FIU y empleado en dos trabajos, también confiesa que muchas noches no puede dormir pensando en cómo pagará el alquiler, la comida y el transporte.
Para él, socializar se ha convertido en una forma de escapar temporalmente de la angustia económica. Pero incluso eso se complica cuando cada salida implica un gasto que debe justificar.
“Hay noches en las que no puedo dormir porque estoy pensando en cómo voy a llegar a fin de mes”, dijo Creary.
“Estar con gente me ayuda a distraerme de todo lo que estoy pasando. Cuando tienes que controlar cada centavo que gastas, es cada vez más difícil salir con amigos”, sostuvo.

