El regreso a clases en los municipios severamente impactados por el doble sismo del pasado 24 de junio plantea un dilema crucial para el sistema educativo venezolano: equilibrar la urgencia de recuperar la rutina escolar con la garantía innegociable de la seguridad física y emocional de los estudiantes, y personal docente y administrativo.
En conversación con Caraota Digital, Carlos Trapani, abogado y coordinador general de Cecodap, y Yorelis Acosta, psicóloga clínico-social e investigadora del Cende-UCV, coinciden en que reiniciar clases tras una catástrofe de esta magnitud no es simplemente abrir puertas o cumplir con un calendario administrativo.
LA ESCUELA: ENTRE EL REFUGIO PROTECTOR Y EL RIESGO DE RE-TRAUMATIZACIÓN
Para Carlos Trapani, la escuela cumple un rol clave en situaciones de emergencia al devolver a los niños y adolescentes el sentido de estructura y protección. Sin embargo, enfatiza que volver a clases no equivale a un retorno automático a la normalidad.
«En el aula entran también las pérdidas de familiares, viviendas o bienes, el desplazamiento y el miedo acumulado. No se trata solo de abrir la escuela; hay que tener la certeza de que la infraestructura es segura. La educación es urgente, pero la seguridad de los niños no es negociable», afirmó.
«No podemos confundir el regreso a clases con el regreso a la normalidad. Hay niños y adolescentes que perdieron familiares, viviendas o bienes; otros fueron desplazados, permanecieron en refugios o vivieron situaciones de mucho miedo e incertidumbre. También hay docentes y familias afectadas. Todas esas experiencias entran al aula con ellos», agregó el jurista.
Asimismo, advirtió que el desafío no es solamente reiniciar las clases, sino «reconstruir condiciones para aprender y sentirse protegido. Después de un terremoto, recuperar la educación también forma parte de la recuperación de la vida de un niño. Y esa recuperación no puede medirse únicamente por cuántas escuelas abrieron, sino por cuántos niños y adolescentes pudieron regresar, permanecer, aprender y sentirse seguros».
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Desde la perspectiva de la salud mental, Yorelis Acosta advierte que este evento actúa como un «trauma sobre trauma» en una población infantil ya afectada por la crisis multidimensional del país y la reorganización familiar provocada por la migración.
«Imaginemos que muchos de esos niños no viven, a lo mejor, con una familia estructurada. Alguno de sus padres puede estar en el exterior migrando, entonces ese trauma sobre trauma impacta a la población infantil o juvenil que ya es vulnerable porque viene arrastrando problemas estructurales y una cronificación de estados emocionales negativos debido a nuestra crisis multidimensional», explicó la especialista.
«Antes del sismo ya identificábamos niveles elevados de ansiedad en más del 57% de los planteles. Entrar a una estructura agrietada o con ruidos fuertes reactiva la hipervigilancia, el miedo a las réplicas y ataques de pánico. El cerebro de un menor en modo supervivencia no puede procesar exigencias académicas rigurosas de inmediato», agregó Acosta.
EL IMPACTO DE ALTERAR LA RUTINA
Ante los planteles declarados con «etiqueta roja» (inhabitables), una de las soluciones planteadas ha sido la reubicación de matrículas en escuelas receptoras con cambios de horarios hacia turnos vespertinos. Ambos especialistas coinciden en que esta medida, aunque administrativamente viable, genera serias fricciones familiares y psicológicas.
Acosta destaca que alterar el turno habitual afecta la dinámica familiar, altera los ciclos de sueño y genera un cansancio físico crónico que aumenta la irritabilidad y el riesgo de deserción escolar.
«La adaptación bajo esas condiciones suele ser altamente conflictiva. Los estudiantes reubicados no se sienten parte de la institución, se perciben como huéspedes o intrusos o ciudadanos de segunda categoría dentro de una infraestructura ajena, lo que debilita esa identidad escolar. Así que ahí hay también un foco de atención y trabajo por parte de la unidad educativa», señaló la psicóloga.
Por su parte, Trapani señala el riesgo de que los estudiantes reubicados sean vistos como «los damnificados», por lo que propone planes de acogida en las escuelas receptoras para integrar ambas comunidades y evitar divisiones.
«La escuela receptora debe trabajar intencionalmente en unir ambas comunidades. Estudiantes, docentes y familias necesitan comprender por qué se produce la reubicación, cuánto puede durar y qué responsabilidades tienen todos para favorecer la convivencia. La solidaridad inicial es importante, pero cuando la convivencia se prolonga pueden aparecer tensiones por el uso de espacios, horarios, recursos, baños, canchas o actividades escolares», expuso el especialista.
Ambos expertos sugieren agotar opciones de menor impacto antes de cambiar drásticamente la rutina, tales como: Aulas modulares o de campaña en terrenos seguros cercanos a la escuela originaria; el uso de espacios comunitarios (casas de cultura, salones parroquiales) evaluados previamente; y el mantenimiento de los mismos grupos de compañeros y docentes para conservar la estabilidad emocional.
APRENDER EN EL HACINAMIENTO
Para los estudiantes que permanecen en campamentos temporales, el desafío escolar es doble. La falta de privacidad, el ruido constante y las fallas en el descanso impactan directamente en la capacidad de concentración.
«Aplicar la misma exigencia académica a un niño que tiene una mesa y tranquilidad en su casa que a uno que vive hacinado en un campamento no es igualdad. Las escuelas deben aplicar flexibilidad, adaptar cargas y ofrecer espacios de estudio dentro del propio plantel», enfatizó el representante de Cecodap.
Mientras que Acosta añade que es fundamental estar atentos a somatizaciones físicas (dolores de cabeza, náuseas, llanto inexplicable) y conductas disruptivas o de retraimiento, las cuales deben ser leídas como manifestaciones del estrés postraumático y no como simple indisciplina.
«La falta de espacios privados y estables produce una sobrecarga de estímulos ambientales y una desregulación del descanso. Sin un lugar físico adecuado, los niños carecen de seguridad para el estudio, para el silencio y la introspección necesaria para el aprendizaje», indicó la doctora.
CUIDAR A LOS DOCENTES
Un punto crítico abordado por ambos especialistas es la situación de los maestros. Los docentes no solo enfrentan el duelo y las pérdidas personales provocadas por los terremotos, sino que también asumen la carga de ser el primer contenedor emocional de sus alumnos.
Tanto Cecodap como el Cende-UCV hacen un llamado a las autoridades educativas para que la estrategia de inicio de clases incluya unidades de respuesta psicosocial y acompañamiento continuo para el personal docente, evitando el colapso por burnout o desgaste empático.
En conclusión ambos especialistas coinciden que el éxito del nuevo año escolar en las zonas afectadas no podrá medirse por el número de escuelas que abran sus puertas en la fecha fijada, sino por la capacidad real del Estado y la comunidad para garantizar que cada niño, niña y adolescente pueda aprender, permanecer y, sobre todo, sentirse seguro.

