¿El síndrome del impostor en la madurez? Domina el arte de reinventarse

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Mirar hacia dentro es un ejercicio de salud mental que cíclicamente debemos hacer, mínimo una vez a la semana, si las demandas de sobrevivencia nos ahogan al punto de no dejarnos tiempo para más en un país como el nuestro que sigue siendo muy retador.

Lo digo por mí, que semana a semana me siento a reflexionar sobre cómo voy, qué he hecho mal, qué bien, qué debo mejorar, cuánto crecí, qué me gusta de los que me rodean, qué no y en consecuencia qué NO debo hacer por eso que llaman “proyección”, quá errores estoy repitiendo, en fin, de verdad busco insistente y vehementemente ser un poquito mejor o evolucionar para bien ¿Por qué? Porque esencialmente de allí parte la salud mental.

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De hecho, este reflexionar de fin de semana es lo que da lugar a estas columnas. Ayer sábado, como siempre, me miré en el espejo con honestidad y a pesar del crecimiento espiritual que he logrado les confieso algo muy personal, muchas, muchas veces, como en esta oportunidad, dudo de mí misma y mis capacidades. Imagino que a ti también te pasa, así que no te sientas mal, por el contrario, siéntete un gran ser humano.

A pesar de mis más de 30 años de carrera periodística, de liderar una plataforma como A Tu Salud y de los logros acumulados, muchas veces me acompaña una sombra silenciosa, pero de gran peso: el síndrome del impostor. Esa voz íntima que, ante un nuevo reto o en medio de problemas y obstáculos —como el lanzamiento de mi podcast o la preparación de una conferencia—, me susurra al oído que no soy lo suficientemente capaz.

Es increíble cómo, incluso en la madurez, cuando se supone que deberíamos tener «todo resuelto», seguimos experimentando ese abismo interno o esa inseguridad. Nos da miedo reinventarnos, nos asusta asumir riesgos a los 50 o más allá, porque sentimos que el tiempo apremia y que el margen de error es menor. Sin embargo, he aprendido que esa duda no es una señal de incapacidad, sino el indicador de que nos importa la excelencia.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocer nuestro propio valor? ¿Por qué seguimos sintiéndonos impostores en nuestra propia vida cuando la realidad, hasta ahora, demuestra lo contrario? De hecho, por eso me encanta la canción que se llama «Querida Yo» de la cantautora argentina Yami Safdie y que canta en colaboración con el artista colombiano Camilo. Escuchen la letra es hermosa. Me gusta subirle el volumen cuando me siento incapaz o que mi trabajo no gusta.

¡El cerebro no tiene fecha de vencimiento!

Afortunadamente, expertos actuales con sus investigaciones han derribado el viejo mito de que después de cierta edad el cerebro se estanca. Investigaciones en el campo de la neuropsicología lideradas por la Dra. Marian Diamond, pionera en el estudio de la plasticidad cerebral, demostraron que nuestro cerebro continúa modificando sus conexiones y creando nuevas vías neuronales a lo largo de toda la vida, siempre y cuando lo mantengamos estimulado con nuevos aprendizajes y desafíos. Reinventarse en la madurez no solo es posible, es biológicamente saludable.

Por su parte, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, quienes acuñaron el término «Fenómeno del Impostor» en los años 70, descubrieron en sus seguimientos clínicos que este patrón psicológico afecta predominantemente a personas de alto rendimiento. En la madurez, este síndrome suele exacerbarse por la presión social de una cultura que a veces invisibiliza el talento senior. Así que, si te sientes así, quizás sea tu alto nivel el que te lleve a pensar que no estás haciendo o eres lo suficiente.

Además, como para reforzar, es bueno que sepas que nunca es tarde para seguir creciendo y evolucionado, estudios de la Harvard Business Review revelan que los emprendimientos y proyectos liderados por personas mayores de 50 años tienen una tasa de éxito notablemente alta, precisamente porque combinan la resiliencia, el criterio y la inteligencia cristalizada (el cúmulo de experiencia) que los jóvenes aún están por desarrollar. No somos impostores; somos expertos que seguimos teniendo el coraje de ser principiantes en nuevas áreas.

¿Cómo silenciar al impostor interno y abrazar tus logros?

  • Lleva un diario de logros. El síndrome del impostor se alimenta de la amnesia selectiva. Escribe una lista de tus tres mayores logros laborales y personales. Cada vez que la duda te asalte ante un nuevo proyecto, lee esa lista. Tu comportamiento y tus resultados pasados son el barómetro real de tu valor.
  • Separa la emoción de la realidad. Sentirte incapaz en un momento específico no te hace incapaz. Acepta el sentimiento como una respuesta natural ante lo desconocido o ante algo que pudo haber salido mal o no como lo deseabas, respira y di: «Siento miedo o insatisfacción, pero tengo las herramientas para resolverlo».
  • Cambia el enfoque del ego al servicio. Cuando sientas que «no das la talla», deja de pensar en ti y piensa en el valor que le vas a aportar a los demás. Enfocarte en ayudar a tu equipo, a tu familia o a los que te rodean, disuelve la presión sobre tu propio desempeño.
    ¿Cómo reinventarte con éxito y salud mental en la madurez?
  • Desafía tu zona de confort con micro-retos. La neuroplasticidad se activa con lo nuevo. Aprende una habilidad tecnológica, lee sobre temas ajenos a tu profesión o asume un pequeño proyecto que te dé vértigo. Hazlo con miedo, pero hazlo. Lánzate por ese tobogán, esa es mi especialidad.
  • Honra tu inteligencia cristalizada. No compitas con tu velocidad de los de 20 años, esa versión ya pasó e incluso puede que hoy seas mucho mejor. La experiencia aporta la profundidad, el aplomo y la visión estratégica que solo dan las batallas ganadas. Tu madurez es un activo escaso y valioso.
  • Rodéate de mentores y redes de apoyo. No intentes transitar tus etapas de reinvención en soledad. Busca aliados, conversa con especialistas y comparte tus dudas con personas de confianza o que sean para ti referentes. Saberse acompañado disminuye la ansiedad y valida tu proceso humano.

Finalizando …

Seguir creciendo, apostando por nuevos compromisos, metas o sueños en la madurez es un acto de profunda valentía, autoconocimiento y de autoestima. Tener miedo y dudar de nuestras capacidades, es decir, experimentar el síndrome del impostor, es parte del equipaje de quienes buscamos superarnos a diario.

No permitas que la falsa creencia de que «ya pasó tu tiempo» o que “no eres capaz” te detenga. Mírate al espejo, abraza tu historia, tus arrugas, tus fracasos o errores, porque cada detalle te ha traído hasta aquí. Eres mucho más capaz de lo que tu mente te quiere hacer creer.

Atreverte a evolucionar, a pesar de las dudas, es el verdadero placer de estar vivos.

¡A tu salud!

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