Amigos, qué difícil es manejar nuestras emociones para con ello poder hablar de calidad de vida a cabalidad, pensamiento este que cobra aún mayor relevancia si tomamos en cuenta lo que ya les he comentado en entregas anteriores: “la emoción afecta de manera sustancial nuestra salud”.
¿Quién puede vivir bien si no aprende a regular la ansiedad, la angustia, la rabia y/o el miedo? ¿Se han preguntado qué pasa en nuestro cuerpo cuando experimentamos estas emociones? ¿Han pensado que es posible cambiar estas emociones por otras más positivas valiéndonos de ejercicios conductuales y emocionales como si se tratase de la actividad física? Es decir, haciendo repeticiones, series, etc..
Amigos, para mí sí; yo partico este tipo de gimnasia. En mi cotidianidad he notado dos cosas: la primera es que por más sana que esté, si no balanceo mi estado de ánimo no puedo disfrutar de la vida e incluso me resulta imposible accionar; la segunda, puedo estar muy consciente de las herramientas que me ayudan a dosificar un determinado pensamiento, pero si no las ejercito constantemente, se me olvidan y caigo en las mismas conductas toxicas para mi bienestar emocional.
Créanme, después de haber meditado mucho al respecto, la experiencia me ha demostrado que se trata de un trabajo tan exigente que representa un esfuerzo similar al de hacer ejercicios o entrenar para un maratón. Así como lo leen: dominar nuestras emociones o aprender a gestionar o regular el estrés, las angustias, la ira o el disgusto, etc., ameritan de un entrenamiento constante, realizado minuto a minuto, ya que los retos de la cotidianidad hacen que nuestra evolución y crecimiento espiritual sean tan ingratos como la actividad física: se pierde fácilmente el avance logrado.
Todos los días trato de recordar cómo no dejarme perturbar por el entorno, sino solo enfocarme en la resolución del problema. Qué titánico resulta empeñarme en no tomarme lo que hacen los demás a título personal. Me enfoco en ver las relaciones de trabajo como eso y no cargarlas de emoción para que no me afecten tanto los traspiés. Me valgo de los recursos mentales necesarios para siempre ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Trato de encontrar el porqué de las cosas para siempre terminar entendiendo que “por algo pasan”, “lo mejor es lo que sucede”, “que el tiempo de Dios es perfecto” y “que lo malo ocurrió para dar lugar a algo mejor”. Y todo esto sonará a libro de autoayuda, pero sin duda para mi es una gran verdad que, después de meditar y repensar, siempre resulta siendo así. Nada sucede sin que después entendamos el por qué o encontremos la justificación.
Sonreír incluso sin sentirlo suma …
Diariamente trato de vibrar en positivo para atraer lo mejor, y siento que la mayor parte de las veces funciona cuando me aplico. Por eso, un esfuerzo que sin duda hago es el siguiente: sonreír, aunque sea con esfuerzo y no haya motivo alguno. Insisto: al principio seguramente, quizás por situaciones y reveses, sea fingido o una mueca, pero a los pocos minutos el cambio de nuestra expresión transformará nuestra bioquímica cerebral y se volverá natural. De siete días a la semana, quizás lo logro cuatro; y de un día entero, tal vez lo haga por la mayor parte, pero mientras esa es mi actitud, les aseguro que son los momentos en los cuales mejor me va.
Los científicos aseveran que el hecho de sonreír “a propósito”, es decir, de hacerlo forzadamente o forma voluntaria, puede ayudarnos a sentirnos mejor. Sonreír a propósito modificará indefectiblemente nuestra química cerebral, como ya les mencioné. Por lo tanto, puede ser de gran ayuda para aquellos que estamos afrontando una situación difícil o estresante.
Ahora bien, ustedes se preguntarán … ¿cómo podemos sonreír cuando no nos provoca hacerlo? Pues a obligándonos hasta que esta se vuelva automática o natural. ¿La justificación? Un estudio reciente arrojó que el lenguaje de nuestro cuerpo puede influir sobre nuestras emociones. Los investigadores que lo realizaron descubrieron que la gente que adoptaba una postura de seguridad y confianza en sí misma, terminaba sintiéndose más segura. En otro análisis, se observó que aquellos que adoptan de forma intencional una determinada expresión facial, como por ejemplo sonreír o fruncir el ceño, acababan sintiendo la emoción asociada a esa expresión.
En síntesis… Una simple sonrisa puede ayudarte a sentirte más feliz, y el hecho de sentirte más feliz te ayudará a conseguir que tu sonrisa se acabe convirtiendo en una expresión auténtica.
La ciencia detrás de la sonrisa: La hipótesis de la retroalimentación facial
Lo que la práctica diaria más mi intuición de vida me ha enseñado tiene un respaldo científico contundente. Esta técnica de sonreír «a propósito» no es una simple ilusión ni una frase motivacional vacía; en la neurociencia y la psicología del comportamiento se conoce como la Hipótesis de la Retroalimentación Facial (Facial Feedback Hypothesis). Esta teoría, cuyos orígenes se remontan a las investigaciones pioneras de Charles Darwin y William James, sostiene que el movimiento de nuestros músculos faciales no es únicamente una consecuencia de cómo nos sentimos, sino que también es un causante directo de nuestras emociones.
Cuando tomamos la decisión consciente y voluntaria de contraer el músculo cigomático mayor (el encargado de elevar las comisuras de la boca) y el músculo orbicular de los ojos, enviamos una señal de retroalimentación a través del nervio trigémino hacia el tronco encefálico y el sistema límbico. Para el cerebro, la posición de los músculos de la cara es un indicador de nuestro estado interno. Al «simular» una sonrisa, la amígdala cerebral interpreta que el peligro ha cesado y reduce la producción de cortisol y adrenalina (las hormonas del estrés), al tiempo que estimula la liberación de endorfinas, serotonina y dopamina. En términos biológicos sencillos: la postura facial obliga a la farmacia interna del cerebro a asegurar bienestar.
Este fenómeno ha sido rigurosamente probado a gran escala. Un estudio histórico multidisciplinario liderado por el Dr. Nicholas Coles, investigador de la Universidad de Stanford, reunió a científicos de todo el mundo en el marco del proyecto Many Smiles Collaboration. La investigación, publicada en la prestigiosa revista Nature Human Behaviour, evaluó a más de 3.800 personas en 19 países. Los resultados fueron categóricos: tanto las personas a las que se les pidió que imitaran una sonrisa mirando una fotografía, como aquellas que forzaron la sonrisa moviendo conscientemente las comisuras de sus labios hacia las orejas, experimentaron un aumento notable y medible en sus niveles de felicidad. La evidencia demostró que el acto físico de sonreír —incluso cuando se realiza de manera totalmente mecánica e intencional— tiene la capacidad real de transformar el estado de ánimo.
El entrenamiento emocional: Series, repeticiones y neuroplasticidad
Comparar la gestión emocional con el entrenamiento de acondicionamiento físico es una analogía neurobiológicamente precisa, aunque sigan sin creerlo. Al igual que nuestros músculos corporales sufren atrofia cuando caemos en el sedentarismo, nuestras redes neuronales de autorregulación emocional pierden fuerza cuando permitimos que la rumiación, la angustia o la rabia se conviertan en nuestra respuesta «por defecto» ante las contrariedades del entorno.
El Dr. Richard Davidson, célebre neurocientífico, profesor de psicología y psiquiatría en la Universidad de Wisconsin-Madison y fundador del Center for Healthy Minds, ha dedicado décadas a investigar cómo las emociones moldean la estructura cerebral. En sus célebres libros sobre el perfil afectivo del cerebro, el Dr. Davidson demuestra que el bienestar emocional no es un rasgo estático con el que se nace, sino una habilidad entrenable.
La neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para reorganizar sus conexiones en función de la experiencia y la práctica, es el motor de este gimnasio interno. Si todos los días practicamos el enojo o la victimización, fortalecemos las autopistas neuronales del estrés. Si, por el contrario, ejecutamos «series y repeticiones» diarias de gratitud, reinterpretación cognitiva (ver el vaso medio lleno) y expresiones faciales positivas, estimulamos la plasticidad en la corteza prefrontal izquierda. Esta zona del cerebro es precisamente la responsable de inhibir las respuestas de pánico de la amígdala, permitiéndonos recuperar la calma con mayor rapidez tras una tormenta o un traspié profesional.
Tal como lo describo en mis rutinas diarias, este entrenamiento es ingrato si se abandona: un par de semanas de descuido o de inactividad emocional pueden hacernos retroceder hacia los viejos patrones de reactividad. La clave, como en cualquier actividad física o disciplina deportiva, reside en la constancia diminuta pero diaria.
«Gimnasio Emocional»: Series y repeticiones para reeducar la mente
Serie 1. La repetición de la sonrisa matutina. Al despertarte o mientras te miras al espejo antes de iniciar tu día, fuerza una sonrisa amplia durante un minuto completo. Siente cómo se activan los músculos faciales. Aunque al segundo 10 parezca una mueca ridícula, hacia el segundo 45 tu cerebro habrá iniciado la cascada bioquímica de neuropéptidos.
Serie 2. Reinterpretación cognitiva en el trabajo. Cuando enfrentes un traspié laboral o un problema que no dependa de ti, haz una pausa de 30 segundos. En lugar de engancharte en el enojo, aplícate la regla del desapego: «Esto no es personal, es una situación por resolver». Pregúntate de inmediato: «¿Qué aprendizaje o puerta nueva me abre este inconveniente?».
Serie 3. Postura de poder y confianza. Ante la ansiedad o el miedo, ponte de pie, abre el pecho, lleva los hombros hacia atrás y lleva tus manos en la cintura (la clásica postura de superhéroe investigada en la psicología del comportamiento). Mantén la respiración pausada durante dos minutos. El cambio en el lenguaje corporal reducirá los niveles de cortisol en sangre y te devolverá el enfoque.
Estrategias para no tomarse nada a título personal y vibrar en positivo
Establece la frontera entre el rol y tu esencia. En el entorno profesional, recuerda que los desacuerdos o las fricciones son dinámicas de trabajo, no juicios sobre tu valor como ser humano. Aprender a ver las relaciones laborales con objetividad técnica evita que cargues tu corazón de resentimientos innecesarios.
Aplica la regla de la fe y el propósito supremo. Hazte el hábito de repetir afirmaciones de confianza profunda cuando un plan se caiga o una puerta se cierre. Recordarte a ti misma(o) que «lo mejor es lo que sucede», que «el tiempo de Dios es perfecto» o que «algo mejor está por construirse», no es evasión; es una estrategia cognitiva de resiliencia que preserva tu energía para el siguiente intento.
Acepta la imperfección de tu rendimiento. No te castigues si un día solo logras sonreír dos horas o si la rabia te gana el pulso durante una tarde. El objetivo no es ser un robot perfecto, sino acumular horas de práctica. Si de siete días a la semana logras mantener la actitud positiva durante tres, felicítate: estás construyendo músculo emocional.
En conclusión…
El camino hacia una salud integral y una verdadera calidad de vida requiere que tomemos las riendas de nuestra farmacia interna. No esperemos a que el entorno sea perfecto o a que los problemas desaparezcan para regalarle una sonrisa al espejo. Entrena tu mente, sonríe a propósito hasta que la alegría sea auténtica, pon a trabajar la bioquímica de tu cerebro a tu favor y recuerda que cada día es un nuevo entrenamiento para evolucionar como seres humanos.
¡A tu salud!
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