Hoy quiero reflexionar con ustedes sobre la finitud de la vida y lo poco que, lamentablemente, la aprovechamos. En lugar de exprimirla al máximo, nos dedicamos a poner nuestra atención en lugares equivocados. Nos empeñamos en perder un tiempo bárbaro en situaciones que solo imaginamos y que jamás terminan de pasar, anticipándonos casi siempre y llegando irremediablemente tarde a lo que sí está ocurriendo en el presente.
Vivimos recordando lo malo que pasó o las ofensas que nos hicieron, mendigando amor o reconocimiento a aquellos que no nos conocen o que simplemente no nos valoran; mientras despreciamos, maltratamos, evitamos o les damos migajas de nuestro tiempo a quienes más nos quieren. Peor aún, seguimos escogiendo vincularnos con quienes NO hacen nada para ganarse nuestra reciprocidad e invertimos horas en considerarnos poco capaces, en lugar de lanzarnos al ruedo y al menos intentarlo.
A los que siempre están allí, sosteniéndonos, poco les decimos que los queremos, lo valiosos que son o les mostramos agradecimiento. En cambio, a los que deberíamos olvidar o sacar de nuestra existencia, les rogamos, les toleramos todo o les rendimos pleitesía. Y lo más triste de la condición humana es que solo sentimos, consideramos o reconocemos lo anterior cuando nos enfermamos, cuando estamos en riesgo o cuando las circunstancias nos exponen a perderlo todo, hasta la vida.
La trampa psicológica de la inercia …
Esta constatación no es un drama infundado de mí parte; es la radiografía de una trampa psicológica común en la que caemos por inercia. Solemos vivir en diferido, atrapados entre la angustia por un futuro imaginario que no existe y el rencor o la tristeza por un pasado inmutable que ya no podemos modificar. En ese vaivén mental, dejamos el presente en un completo abandono.
Nos desgastamos buscando la aprobación de círculos o personas indiferentes, mientras asumimos, bajo una falsa premisa de perennidad, que las personas que nos aman de verdad estarán allí para siempre, tratándolas con la desidia de la rutina. Es un despertar muy duro darnos cuenta de que, en demasiadas ocasiones, guardamos nuestra peor versión, la más cansada y la más irritable, para quienes más merecen la mejor.
Esta tendencia a posponer lo esencial y a vivir en automático ha sido ampliamente documentada por expertos de la salud mental. Desde la neuropsicología, expertos como el Dr. Daniel Siegel, profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina de la UCLA, explican que cuando la mente habita de forma crónica en la anticipación catastrófica o en la rumiación del pasado, activa constantemente el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal. Esto desencadena una secreción continua de cortisol y adrenalina que no solo fragmenta la atención, impidiendo el disfrute del «aquí y ahora», sino que altera el sistema inmunológico y acelera el envejecimiento celular. Vivir en diferido tiene un costo biológico real y cuantificable; además de mermar nuestro bienestar emocional.
Por su parte, investigaciones publicadas en la prestigiosa revista científica The Lancet Psychiatry señalan que la falta de presencia consciente y la persistencia en relaciones desiguales o transaccionales incrementan exponencialmente el riesgo de padecer cuadros de ansiedad generalizada y depresión. La ciencia confirma lo que la intuición nos dicta: el cerebro humano necesita la certidumbre de la conexión sincera y el sentido de pertenencia para regular sus neurotransmisores esenciales, como la oxitocina y la serotonina. Cuando invertimos energía en mendigar afecto en relaciones estériles, sometemos a nuestro organismo a un estado de privación emocional crónica.
Sin duda es saludable llevarle la contraria a la sociedad…
Lamentablemente, como sociedad, somos educados para producir, acumular y asegurar un futuro hipotético, transformando el acto de vivir en una interminable lista de tareas pendientes. Sin embargo, cuando enfrentamos el impacto de la muerte de un ser querido, el velo de la ilusión se rompe drásticamente.
La pérdida de alguien que apreciamos es el golpe más duro y el despertar más contundente ante nuestra finitud. En ese instante de shock entendemos, sin anestesia, que nadie se lleva consigo los títulos universitarios, los bienes materiales, los estatus ni las preocupaciones del trabajo. Lo único que permanece es el impacto afectivo que tuvimos en los demás, los abrazos entregados y los momentos compartidos. La pena nos enseña que habitar el presente no es un lujo filosófico ni una postura idealista, sino la única forma real de existencia que nos pertenece.
A mis 55 años, esta confrontación se vuelve aún más directa e ineludible. A esta edad, el paisaje de la vida empieza a cambiar de forma innegable: las llamadas de amigos, familiares o conocidos que se enferman y las despedidas de contemporáneos que dejan de ser hechos aislados para convertirse en una constante que nos sacude el alma. Este tipo de situaciones me quiebran el espíritu y me confrontan cara a cara con el hecho de que el tiempo se acaba; se termina para ellos, para mí y para todos los seres que amo. La madurez nos despoja de la ilusión de inmortalidad que teníamos a los 20 años y nos deja frente a una verdad desnuda y poco gentil.
Sin embargo, ese dolor en el alma ante la vulnerabilidad de los nuestros no debe convertirse en un factor de parálisis o angustia, sino en el combustible más poderoso para aprovechar el tiempo que nos queda. Saber que el reloj corre es lo único que le otorga un valor de escasez a cada minuto.
Precisamente porque el tiempo es breve, el café con un amigo, la llamada afectiva que hemos estado posponiendo o el atrevernos a iniciar un proyecto nuevo dejan de ser asuntos postergables y se transforman en lo verdaderamente prioritario. No podemos controlar o calcular la duración de nuestra existencia, pero sí tenemos posibilidad de decidir en cómo vivir el hoy.
Hábitos individuales que te pueden ayudar reconectar con el presente…
- El ritual del primer café o té sin pantallas. Dedica los primeros cinco minutos de la mañana exclusivamente a disfrutar tu bebida. Conéctate con el calor de la taza, la textura, el aroma y el sabor. Prohíbete revisar el teléfono celular o leer noticias; aprovecha para visualizar tu día e imaginar esa versión maravillosa de ti que deseas ser.
- Haz caminatas de reconexión sensorial. Realiza breves paseos diarios de diez minutos sin auriculares ni distracciones. Enfoca tu atención intencionalmente en notar tres elementos específicos de tu entorno, como los sonidos del viento o las aves, la temperatura del aire en tu piel y la intensidad del color del cielo.
- Pausas de respiración consciente. Programa dos o tres alarmas discretas en tu teléfono a lo largo de la jornada. Al sonar, detén la actividad que estés realizando, cierra los ojos y ejecuta tres respiraciones profundas. Hazte la pregunta clave: «¿Dónde tengo el cuerpo y dónde tengo la mente en este preciso instante? ¿Cómo ha estado mi día y cómo puedo mejorarlo?».
- El registro del agradecimiento nocturno. Antes de dormir, escribe en una libreta una sola experiencia positiva vivida durante el día, por insignificante que parezca. Este ejercicio entrena a la neuroplasticidad cerebral para buscar aspectos valiosos durante la jornada, rompiendo el sesgo de negatividad.
Acciones prácticas para cultivar y fortalecer los afectos verdaderos
- Contacto de valoración explícita. Llama a un amigo o familiar querido sin un motivo utilitario. No lo hagas para pedir un favor o coordinar una diligencia; comunícate únicamente para expresarle: «Me acordé de ti, quería saber cómo estás y decirte lo valioso que eres en mi vida».
- Espacios libres de tecnología. Establece la norma de dejar los dispositivos móviles fuera de la mesa durante las comidas familiares o reencuentros con amigos. Mírense a los ojos y compartan estados emocionales, no solo resúmenes de actividades o datos externos.
- Interésate en los que te rodean. Sustituye el saludo rutinario por interrogantes que inviten a una apertura genuina, tales como: «¿Qué ha sido lo mejor que te ha ocurrido esta semana?» o «¿En qué proyecto o pensamiento estás invirtiendo tu energía actualmente?».
- Regala atención exclusiva. Agenda citas cercanas con personas fundamentales en tu vida (un hijo, la pareja, un amigo de toda la vida). Dedícales un espacio a solas con atención plena, demostrándoles con hechos que ocupan el lugar prioritario en tu escala de valores.
Ya cerrando …
En conclusión, no esperemos a que un diagnóstico médico, una pérdida irreparable o una crisis nos recuerden que el tiempo se está agotando. Mover el foco hacia lo que de verdad suma es una decisión que exige constancia, voluntad y real conexión.
Liberémonos de la necesidad de complacer a los que no valen la pena, perdonemos lo que ya no fue y entreguemos nuestra mejor versión a quienes caminan a nuestro lado con lealtad. Reivindicar la valía del presente es el mayor acto de crecimiento espiritual y la única vía para poder “existir plenamente”.
¡A tu salud!
REDES:
Instagram: @ATuSalud
YouTube: ATuSaludconMariaLauraGarcia
Facebook: ATuSaludEnLinea
Twitter: ATuSaludEnLinea
TikTok: ATuSaludEnLinea

