DreamWorks ha demostrado en más de una ocasión que sabe romper sus propios moldes cuando decide arriesgarse en el terreno estético y técnico. Tras el estándar tan alto que han dejado varias de sus producciones recientes, las expectativas alrededor de La isla olvidada estaban en lo más alto: todo apuntaba a que esta propuesta se consagraría como la gran revelación del cine de animación de este año.
Sin embargo, una vez que las luces de la sala se apagan y la fascinación inicial se disipa, la deslumbrante fachada técnica no logra sostener el peso de una historia dispersa. En términos puramente visuales, la película es impecable.
El diseño de producción, la riqueza de las texturas, el manejo del color y la fluidez en el diseño de los personajes construyen un universo envolvente desde el primer fotograma.
Hay un trabajo de dirección de arte que merece aplausos y que confirma el dominio del estudio para crear escenarios memorables. Durante el primer acto, el espectador queda atrapado por la escala y el nivel de detalle de este mundo; la promesa de una obra cumbre en la animación parece estar al alcance de la mano.
El verdadero tropiezo de la cinta no está en cómo se ve, sino en lo que intenta contar. La isla olvidada padece de una evidente sobrecarga de historia.
En su empeño por construir un universo mitológico complejo, desarrollar múltiples dilemas emocionales y desplegar un ritmo vertiginoso de aventuras, el guion abruma la pantalla con una acumulación desmedida de elementos.
Se introducen premisas intrigantes, subtramas secundarias y arcos de personajes que, en lugar de enriquecer el conflicto central, compiten entre sí por atención.
El problema fundamental es que, al querer abarcarlo todo, ningún concepto se termina de concretar. Las dinámicas entre los protagonistas se sienten apresuradas, las revelaciones carecen del impacto necesario y los temas emocionales más profundos quedan reducidos a pinceladas superficiales porque la narrativa no se detiene a respirar.

Hay buenas ideas sobre la mesa, pero permanecen a medio cocinar, ahogadas por la urgencia de saltar a la siguiente secuencia de acción o al siguiente misterio de la isla.
La isla olvidada termina resultando un ejercicio agridulce. Es una muestra indudable de excelencia técnica y talento artístico que, desafortunadamente, se queda a medio camino de la trascendencia.
Nos deja un envoltorio deslumbrante para una historia que no logró encontrar su propio eje, recordándonos una vez más que, en el cine animado, la técnica deslumbrante puede cautivar la mirada, pero solo una narrativa cohesionada logra perdurar en la memoria.

