A todos nos ha pasado. Abres WhatsApp, revisas el correo o entras a la bandeja de mensajes en tus redes sociales y te tropiezas con un texto frío, seco y desprovisto de todo matiz: ¿Cuánto cuesta la consulta?, ¿Dónde están ubicados? o el cotidiano Me robo tu estado. Sin un hola, buenos días, un mínimo gesto de cortesía social. Directo al grano, como si del otro lado de la pantalla no estuviese un profesional o emprendedor que trabaja día a día, sino una máquina expendedora de respuestas inmediatas.
En Venezuela solemos discutir largas horas sobre la crisis económica, los vaivenes financieros o el colapso de los servicios. Son temas innegables que afectan nuestro cotidiano. Sin embargo, poco o nada conversamos sobre otra crisis silenciosa que nos cala hondo como sociedad: la crisis de la educación ciudadana, del respeto y los valores básicos de convivencia. La prisa y la desconexión no solo han entrado a los bolsillos, sino también a la forma en que nos tratamos unos a otros.
Quienes pertenecemos a la Generación X crecimos en una Venezuela donde el saludo era una regla no negociable. Un «hola, ¿cómo estás?, un buenas tardes, decir quién te recomendó o saludar al entrar a un transporte o negocio no solo era educación básica, sino una forma de validar la presencia del otro. Hoy, la inmediatez digital ha erosionado esa calidez tan característica del venezolano, sustituyéndola por una transaccionalidad fría y distante.
Para las generaciones criadas en la era digital —millennials, centennials y la generación Alfa—, omitir los preámbulos se percibe erróneamente como «eficiencia».
Pero cuando esa conducta se traslada al trato cotidiano, lo que presenciamos es la «botización» de las relaciones humanas. Nos habituamos tanto a interactuar con asistentes virtuales y menús automatizados que terminamos tratando a médicos, ingenieros, comerciantes, vecinos y amigos con la misma frialdad con la que le tecleamos una búsqueda a un algoritmo.
Rescatar la netiqueta —las normas de cortesía en la era digital— no es un capricho ni una terquedad nostálgica. La reconstrucción de un país no empieza únicamente en los indicadores económicos; también en el tejido social y la calidad de nuestras interacciones cotidianas. La educación ciudadana se demuestra tanto en la calle como en el teclado.
Unos buenos días o buenas tardes antes de exigir un precio o información solo toma tres segundos, pero marca la abismal diferencia entre ser un simple comprador de datos y un ciudadano educado. En medio de un entorno acelerado y complejo, ser cortés se ha convertido, paradójicamente, en un acto de empatía y venezolanidad.
Hablando Claro, la crisis no puede ser nunca una excusa para archivar la buena educación. Un simple saludo sigue siendo el mejor puente para reconocer al otro y construir comunidad. ¿Sientes que hemos perdido la cortesía en la Venezuela de hoy?
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