En Venezuela, el cuerpo nunca ha sido un asunto privado. Nos criamos en una sociedad donde el saludo rara vez se queda en un simple ¿cómo estás?; casi siempre viene acompañado de un diagnóstico estético no solicitado: ¡Qué flaco estás!, Te ves gorda o Tienes cara de cansado. Lo que muchos justifican como confianza, cariño o preocupación es en el fondo, una invasión a la intimidad del otro. Nos hemos acostumbrado a tratar la anatomía ajena como si fuera territorio de dominio público.
Esta fijación por la imagen alcanza tintes de absoluta paradoja cuando se observa la esfera pública. Lo vemos de forma constante con la Miss Venezuela actual: durante meses le exigieron ajustar su figura para encajar en el molde estricto del concurso, y ahora que ha perdido kilos, la misma opinión pública la ataca sin piedad acusándola de extrema delgadez. Es la trampa de la perfección inalcanzable: si subes te juzgan, si bajas te condenan. Si ni siquiera la mujer coronada como el estándar oficial de belleza del país logra salvarse del escrutinio, ¿qué queda para el ciudadano común?
Tras años como productor de televisión, radio y eventos, he visto de cerca cómo este comportamiento se repite de forma sistemática. He sido testigo de cómo la presión implacable por el aspecto físico destroza la autoestima de personas con un talento extraordinario. El daño no es superficial: conozco casos de personas que prefieren aislarse y ocultarse del mundo, peor aún, situaciones extremas donde este acoso estético y la búsqueda desesperada de encajar han llevado a atentar contra su vida o desarrollar trastornos psicológicos profundos.
A esta realidad se suma la fiscalización en redes sociales y la intensidad del mundo fitness. Las plataformas están abarrotadas de fotos frente al espejo del gimnasio, métricas y discursos de disciplina que a menudo terminan convirtiéndose en un parámetro agresivo. Reducimos la valía de una persona a la firmeza de su abdomen o al volumen de sus músculos. Quien no exhibe un cuerpo esculpido pareciera estar fallando en la vida, ignorando que detrás de cada cambio suelen existir desajustes hormonales, procesos de duelo, batallas contra la ansiedad o tratamientos médicos complejos.
Es urgente que empecemos a aplicar en nuestra conversación cotidiana la regla de los cinco segundos: si alguien no puede modificar lo que vas a señalarle en cinco segundos (como acomodarse el cabello o limpiarse una mancha), simplemente guarda silencio. Si requiere semanas, meses, procesos emocionales o intervenciones médicas para cambiarlo, tu opinión sobra.
Los cuerpos ajenos no son materia de debate ni contenido para buscar interacciones en redes. La verdadera evolución social comenzará el día en que entendamos que la empatía y el respeto valen mucho más que cualquier veredicto estético. Te leo en mis redes sociales: @elefracruz

