Esta semana me detuve a observar, con una mezcla de tristeza y profunda preocupación, el comportamiento de las nuevas generaciones; y lo que es más alarmante, cómo esto está permeando en los padres y en personas hasta de mi propia generación. Me refiero a una marcada deficiencia en su inteligencia emocional y a un desdén casi natural por valores que, para nosotros, los de la Generación X (e incluso predecesoras) y muchos millennials, son el cimiento de la dignidad: la palabra empeñada, la lealtad y la construcción de redes de apoyo sólidas.
Pareciera que hoy, cumplir con lo prometido ya no es un estandarte de orgullo ni una fuente de autoestima. Al contrario, nos enfrentamos a una cultura de la inmediatez donde, ante la primera señal de dificultad o frustración, se opta por el abandono. Se cambia de pareja, de empleo o de ideales con la misma ligereza con la que se desliza una pantalla. Existe una preocupante falta de reparo o de “pena” al retractarse de un compromiso si este requiere el más mínimo esfuerzo extra. Es una dinámica de «uso y descarte» donde la conexión emocional con el otro (el colega, el socio, conocido o el amigo) queda relegada a un segundo plano, o simplemente desaparece una vez que el interés inmediato ha sido satisfecho. Conectamos con tendencias, con experiencias digitales, con mascotas y hasta con la naturaleza, pero nos estamos olvidando de conectar, de corazón a corazón, con el ser humano que tenemos enfrente.
El análisis desde la ciencia del comportamiento
Este fenómeno no es casual. El sociólogo Zygmunt Bauman ya nos advertía sobre la «modernidad líquida», pero hoy hemos pasado a lo que algunos expertos llaman la «sociedad de la evitación». La psicóloga clínica y profesora de la Universidad de Nueva York, Dra. Sherry Turkle, ha estudiado extensamente cómo la tecnología ha atrofiado nuestra capacidad para la conversación y la empatía. Según Turkle, al estar siempre «conectados» a través de dispositivos, perdemos la habilidad de tolerar la soledad reflexiva y, por ende, la capacidad de sostener vínculos reales que exigen paciencia y resolución de conflictos.
Por otro lado, el Dr. Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York, vincula esta baja tolerancia a la frustración con lo que él denomina la «sobreprotección cognitiva». Al evitar los micro-estresores de la vida real (como una conversación difícil o un compromiso que se torna pesado), el sistema inmunológico emocional no se desarrolla. El resultado es lo que vemos hoy: personas que «desaparecen» o hacen ghosting porque no poseen las herramientas para gestionar la incomodidad emocional del otro.
Incluso estudios sobre la Inteligencia Emocional de Daniel Goleman sugieren que la autorregulación, es decir, la capacidad de mantener un compromiso a pesar de los impulsos momentáneos de huida, es el predictor más alto de éxito y salud mental a largo plazo. Cuando renunciamos a nuestra palabra, estamos, en realidad, debilitando nuestra propia arquitectura psicológica.
¿Qué hacer para reconstruir tu poder personal y tu palabra?
– La palabra como estandarte: Vuelve a sentir orgullo al cumplir. Antes de dar un «sí», evalúa tu capacidad real de ejecución. Si te comprometes, llega hasta el final; la satisfacción de ser alguien confiable eleva tu autoestima más que cualquier éxito efímero.
– Entrena tu tolerancia a la frustración: No huyas al primer obstáculo. Quédate un poco más en la incomodidad de un proyecto o una relación. La resiliencia se construye en la permanencia, no en la fuga.
– Cierre de ciclos con decencia: Si decides que algo ya no es para ti, da la cara. Explica, comunica y agradece. El silencio cobarde (ghosting) erosiona tu carácter; la honestidad lo fortalece.
¿Qué podemos hacer para fomentar la empatía y la conexión humana real?
– Prioriza la «presencia plena»: En tus interacciones de trabajo o convivencia, deja el teléfono de lado. Mira a los ojos. El 90% de la conexión emocional es no verbal y se pierde a través de una aplicación.
– Construye redes de apoyo físicas: No te conformes con «comunidades» digitales. El ser humano necesita el contacto físico y el apoyo tangible en momentos de crisis. Invierte tiempo en tu familia y amigos de verdad.
– Evita el uso utilitario del otro: Pregúntate: «¿Estoy buscando a esta persona solo porque necesito algo o porque valoro quién es?». La gratitud y el interés genuino son el pegamento de una sociedad sana.
Finalmente los invito a que dejemos de ser «autómatas e interesados» y volvamos a ser humanos presentes. Evolucionar no es solo avanzar tecnológicamente o ganar mucho dinero o satisfacer solo mis necesidades, es crecer en nuestra capacidad de amar, respetar y cumplir integrándonos al entorno al cual pertenecemos. ¡A tu salud!
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