Me aterra caminar por nuestras calles y darme cuenta de que la mala educación se ha convertido en la norma y no en la excepción. Lo vemos en el motorizado que se come la flecha sin parpadear, en quien se colea descaradamente en una fila, o en el vecino que arranca las frutas de la mata ajena simplemente porque la cerca es baja.
Se ha perdido el «buenos días» al subir al ascensor y la gentileza de ceder el puesto a una embarazada o a un adulto mayor. Pero lo más alarmante es la pérdida del valor de la palabra: esa ligereza con la que se promete estar a una hora, un pago o una entrega, para luego incumplir sin la menor nota de disculpa o aviso previo.
¿Qué nos pasó? ¿En qué momento la cortesía empezó a confundirse con debilidad? ¿Por qué parece que hoy ser «buena persona» es sinónimo de ser «pendejo» o servil? O como lo único que importo soy yo, si me siento bien o mal, si me provoca o si me dio chance es que cumplo con el deber ser en todo, incluso con aquello por lo cual me pagan.
La Crisis de la Alteridad: El «Yo» por encima del «Nosotros»
Desde la sociología, pensadores como Zygmunt Bauman describieron nuestra era como una «modernidad líquida», donde los vínculos humanos se han vuelto frágiles y el individualismo es extremo. Cuando el beneficio propio es la única brújula, el «otro» deja de ser un semejante para convertirse en un obstáculo o una herramienta.
La psicología clínica explica que muchos de estos comportamientos nacen de una carencia de Empatía Cognitiva. El filósofo Emmanuel Levinas sostenía que la ética nace cuando miramos el rostro del otro y reconocemos nuestra responsabilidad hacia él. Hoy, el rostro del otro ha sido sustituido por una pantalla o por la prisa ciega. Al no haber reconocimiento del prójimo, no hay respeto por su tiempo, por su espacio o por su propiedad.
La Trampa de la «Sinceridad Táctica»
Una de las caras más perversas de esta falta de educación es el escudo del «Yo soy así» o «Yo soy muy franco». Bajo esta premisa, la gente se siente con el derecho de herir, de ser grosera o de carecer de tacto, exigiendo que los demás «aguanten» su falta de decencia. El psicólogo Daniel Goleman, padre de la Inteligencia Emocional, advierte que la falta de filtro no es honestidad, es analfabetismo emocional. Ser gentil requiere un esfuerzo cognitivo y un autocontrol que la persona maleducada simplemente no quiere ejercer.
Además, existe una confusión cultural peligrosa: el ser atento o servicial se castiga socialmente tildándolo de «servilismo». Ofrecer un café, ayudar a alguien que carga un peso excesivo o responder un mensaje por cortesía básica son gestos de humanidad y civismo, no de sumisión. Sin embargo, en una sociedad competitiva y defensiva, muchos prefieren ser «duros» antes que parecer «atentos».
El Cerebro en el Caos: ¿Por qué no cumplen su palabra?
La falta de palabra y la impuntualidad sistemática hablan de una desorganización mental y una falta de respeto por el recurso más valioso del otro: su tiempo. Estudios sobre el Comportamiento Prosocial sugieren que las sociedades donde la confianza es baja (porque nadie cumple lo que dice) tienden al estancamiento económico y emocional. Si no podemos creer en la palabra del otro, vivimos en un estado de alerta constante que eleva el cortisol y nos enferma.
La mala educación es, en última instancia, una forma de estrés social. Un entorno donde nadie saluda, donde todos se colean y donde nadie responde mensajes, es un entorno hostil que nos agota mentalmente.
Recomendaciones para rescatar nuestra decencia y nuestra paz
Si queremos vivir en un entorno más sano este 2026, debemos empezar por recuperar el territorio perdido de la buena educación. Aquí algunas claves:
1. Dignifica la gentileza:
Ser servicial es un honor, no una debilidad. Ofrecer ayuda, dar los buenos días o preguntar «¿quieres agua?» son actos de poder personal. Quien es cortés demuestra que tiene el control de sus impulsos y que es dueño de su educación, independientemente de cómo actúe el resto.
2. Honra tu palabra:
Si dices que vas a estar a las 4:00, llega a las 3:55. Si no puedes pagar a tiempo, da la cara antes de que te cobren. La integridad es el activo más escaso y valioso del ser humano. Como decía el filósofo Confucio: «El hombre superior es modesto en su discurso, pero excede en sus acciones».
3. El Filtro de la empatía:
Antes de decir «lo que piensas» bajo el escudo de la franqueza, pásalo por tres filtros: ¿Es verdad? ¿Es necesario? ¿Es amable? Si no cumple las tres, el silencio es tu mejor aliado. Tener tacto no es ser falso, es ser civilizado.
4. Rompe la cadena de la “Mala Educación”:
No uses el «todos lo hacen» para justificar comerte la flecha o colearte. El cambio social no viene de una ley, viene de la suma de individuos que deciden no comportarse como bárbaros. La educación es contagiosa; cuando tú saludas con una sonrisa, obligas al otro a reconocer tu humanidad.
5. Responde y respeta el espacio digital:
Responder un mensaje no es una obligación esclava, es una señal de que valoras a la persona que está del otro lado. Si no puedes atender en el momento, un breve «te respondo luego» marca la diferencia entre ser una persona ocupada y ser una persona desconsiderada.
La verdadera elegancia no está en la ropa que usamos, sino en la forma en que tratamos a quienes no tienen nada que ofrecernos. Ser educado es el mayor acto de rebeldía en un mundo que se ha vuelto grosero.
Finalmente…
Hoy día no sólo es necesario hablar de una falta de modales, sino también de la erosión del tejido social, así que súmate a los que marcan la diferencia, y distínguete siendo único y escaso, es decir, siendo educado.
Esa confusión entre ser servicial y ser servil, o la excusa del «yo soy así» para atropellar al otro con una atorrante sinceridad cuando no hace falta porque no cambia en nada la realidad, es un síntoma de una sociedad que ha puesto el ego por encima de la convivencia.
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