¡Siento terror ante la violencia en redes!

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Todos los domingos suelo preguntarme cosas … y hoy vuelvo a los cuestionamientos e interrogantes: Ante la violencia del ser humano, verbal más conductual, estoy verdaderamente aterrada. ¿Qué pasa con los valores, con la convivencia? Peor aún ¿Qué pasa en la cabeza de las personas que ven estos contenidos una y otra vez en redes? ¿Qué tipo de conciencia tienen aquellos que visibilizan estos hechos NO para denunciar (creo que por allí no va la cosa) sino para hacerse virales? Además ¿Por qué las personas “ajenas” los replican una y otra vez? Estoy segura que eso NO sirve de ejemplo para NO repetir las barbaridades sino más bien para reforzar este tipo de conductas.

Siento total terror de la exposición constante a la agresividad sin filtros en los medios digitales. Esto genera un desgaste emocional profundo conocido como trauma vicario o fatiga por compasión. Mi intuición me lleva a afirmar que la replicación masiva de este tipo de contenidos no está funcionando como una “advertencia pedagógica”, sino como un mecanismo de normalización y amplificación de la hostilidad.

A continuación, analizo detalladamente qué ocurre a nivel psicológico, social y digital en este fenómeno contemporáneo.

¿Qué pasa en la cabeza de quienes ven estos contenidos una y otra vez?

El cerebro humano no está diseñado para procesar dosis tan masivas de violencia diaria sin sufrir alteraciones negativas. Cuando alguien consume estos videos repetidamente, se activan dos procesos neuropsicológicos principales referidos por especialistas:

Desensibilización sistemática. La primera vez que se ve un acto cruel, la amígdala cerebral se activa y dispara una respuesta de rechazo, asco o miedo. Al verlo cien veces, el sistema nervioso se habitúa. Entonces, la respuesta emocional se apaga para protegerse, lo que reduce la empatía hacia el sufrimiento real, es decir, lamentablemente nos acostumbramos o normalizamos.

Sesgo de mundo hostil. El cerebro empieza a asumir que el entorno es un lugar intrínsecamente peligroso y que la agresividad es la norma regulatoria de las relaciones humanas, lo que eleva los niveles crónicos de ansiedad y paranoia. Por eso para mí, todo el mundo esta un poco loco e insensibilizado.

¿Por qué se visibiliza lo “negativo” con el único fin de hacerse virales?

La mercantilización de la atención digital ha creado una “economía del ultraje”. Quienes comparten estos contenidos con fines de notoriedad responden a dinámicas específicas:

– Validación social. Las plataformas recompensan el engagement (reacciones, comentarios, compartidos). Un video violento genera interacciones rápidas y viscerales. Para el creador de contenido, el algoritmo traduce esa crueldad en seguidores, relevancia y, en muchos casos, monetización directa ¡Terrible!. Hasta los periodistas “serios” caen y viven de esto.

– Desconexión moral. El creador se desvincula de las consecuencias reales del contenido. En su mente, opera la lógica de que «si no lo grabo yo, lo grabará otro» o «solo estoy mostrando la realidad», camuflando la explotación del morbo bajo una falsa objetividad.

¿Por qué las personas los replican una y otra vez?

Mi planteamiento, según expertos es el correcto: la replicación refuerza la conducta en lugar de disuadirla. Las personas comunes replican estos contenidos debido a varios sesgos conductuales:

– Contagio emocional y la ilusión de control. Al compartir algo que causa indignación, el testigo siente que está «haciendo algo» al respecto o advirtiendo a su círculo. Sin embargo, psicológicamente, solo está descargando su propia ansiedad, contagiándola a los demás.

– Efecto de aprendizaje social (Teoría de Bandura). La exposición repetida a conductas violentas les otorga validez como herramientas de resolución de conflictos. Aunque el espectador racionalmente condene el acto, su subconsciente registra que la violencia es una vía efectiva para obtener atención, poder o sumisión.

¿Qué pasa con los valores y la convivencia?

La convivencia pacífica se sostiene sobre la base de la confianza mutua y el respeto a la dignidad del otro. Cuando las pantallas saturan nuestra cotidianidad con violencia verbal y física, ocurre una erosión del capital social. Por consiguiente, se debilita el tejido comunitario porque el «otro» deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza potencial o en un objeto de burla.

Los valores de la compasión, la escucha y la paciencia se perciben erróneamente como signos de debilidad en un entorno digital que premia la respuesta rápida, irónica, aplastante y agresiva.

Mi reflexión: ¡Las pantallas son un espejo que distorsiona para mal la realidad!

Lo que me aterra no es solo la violencia en sí misma, sino la pérdida de la sacralidad del dolor ajeno. Las redes sociales han transformado el sufrimiento humano en un bien de consumo estético y desechable. Cuando el dolor de una persona se convierte en un clip de 15 segundos que se reproduce en bucle entre un video de cocina y uno de baile, la humanidad se desvanece de la ecuación.

No estamos ante una sociedad necesariamente más malvada que las de siglos anteriores, pero sí ante una sociedad con herramientas de amplificación patológica sin precedentes. La repetición constante no educa para la paz; educa al cerebro para aceptar la crueldad como el paisaje natural de nuestra era.

Mi conclusión…

Proteger nuestra salud mental ante esto es urgente. Dejar de mirar, dejar de compartir y silenciar las cuentas que lucran con el caos es la única manera de quitarle el combustible a la máquina de la indignación.

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